Para el hombre el poder ha sido siempre una perfecta excusa para, en el mejor de los casos, la indiferencia.
Los hombres se apresuran a acumular premios y reconocimientos como vimos en el artículo de Nashville. La figura del pastor a la que este Salmo 23 hace referencia al decir –es mi pastor–, hoy día más refinadamente edulcorada, no era en aquella remota época la más diplomática de las figuras a las que podría haber hecho alusión el salmista. No era el pastor una persona de palacio, no mantenía relaciones con políticos, no hacía importantes tratos comerciales y no era –en definitiva– una persona con más responsabilidades que las propias del cuidado de sus ovejas. La pobre condición de muchos de ellos había llevado a algunos a cometer delitos, gracias a los cuales todo el gremio podía gozar de una mala fama singular. Dios no teme ser juzgado injustamente al identificarse con un pastor porque, como aquel Hijo de David, no recibe gloria de hombres (Jn. 5:41). Por eso no temía que fuese de pastores de quienes se rodease en su nacimiento y de ladrones en su muerte. Aunque el premio a la figura menos diplomática del salmo se lo lleva sin duda no el pastor, sino la oveja: animal torpe e inconsciente donde los halla, necesitada siempre de la presencia del pastor para las cosas más básicas. /// Pablo Fernández nos habla hoy en entrelineas.org sobre " en el artículo "Salmo 23: Una declaración de dependencia" ❤ ¿Te parece interesante? Para saber más puedes seguir leyendo en entrelineas.org/revista/salmo–23
http://dlvr.it/S36Rlg
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